La casa de tu infancia tiene una peculiaridad que no percibes hasta que te marchas. Puede que esa peculiaridad no emerja hasta que te vas.
La casa de tu infancia mantiene un tiempo gelatinoso y desigual. El fluir de la vida diaria es ligero y corriente, liviano y leve. A veces se congela cuando la temperatura de tu vida cae por debajo de los cero. Puede que su transparencia se opaque cuando es mejor no traslucir. Pero el constante torrente es más o menos paralelo a otros, recibe y emana según necesidad y escenario.
El tiempo de tu casa es gelatinoso. Se cuela y completa cada hueco entre los muebles recubriendo aristas y limando imperfecciones. Rodea al visitante que retorna introduciéndose impúdicamente en los poros de su piel. El visitante duda si ralentizar su ritmo cardíaco para acompasarlo a la respiración de este tiempo blando, o bien arriegarse a buscar el oxígeno mediante bocanadas disimuladas, no vaya a ser que se note tu inspiración exigente y el tiempo se acelere para entrar.
El tiempo de tu casa transcurre de otra manera. Es pesado, denso. Y sin embargo no logra rellenar los pliegues de las arrugas de tu madre, que no son capaces de mentir.
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